“HOMENAJE AL HOMBRE SENCILLO”
Por José Martínez Gumiel.

Publicado en la revista
"Enebro" nº:26,
de abril de 2000.

En casa del que va a ser el protagonista de este artículo (entiéndase que igual podría ser mujer porque el homenaje es para ambos) se estaba un tanto nerviosos, sobre todo los que iban a ser sus padres, por la espera del primer retoño que había de venir, y que se retrasaba o las cuentas les habían fallado; ya que -según ellos- habían pasado las cuarenta semanas lunares.

Aquella fría mañana de invierno los síntomas que padecía la embarazada, según la madre, no daban lugar a dudas, porque en ello tenía sobrada experiencia y los últimos días había estado vigilante, no la dejaba sola “ni a sol ni sombra”. Llamó a su yerno a quien le dijo fuera corriendo a avisar al médico para que atendiera el parto. Éste se realizó con el habitual buen hacer de aquellos médicos rurales, auxiliado por aquella mujer mayor que le decían “la partera” y era cual comadrona pero sin título, y nuestro hombre salió al exterior o a la vida con el acostumbrado llanto al propinarle las zurras de rigor, pero sin llamar la atención de los vecinos, pues más gritaron los perros que fueron los olvidados y se quedaron sin comer.

Su niñez fue alegre sin necesidad de cuantiosos juguetes, ya que los pocos que existían eran inaccesibles económicamente para su familia, la que además iba ampliándose año tras año. En la calle hizo las travesuras de rigor, lógicas de su edad, generalmente en cuadrilla, y más en la sombra que en el brillo de la misma, es decir no fue el “capitán” si uno de tantos “soldados”. Y en la escuela, a lo que no pudo acudir mucho tiempo, su comportamiento fue en conjunto bueno, aunque no se libró de algunos pequeños castigos, merecedores de regañinas pero no de amonestaciones. Con notas medias, en las distintas asignaturas, no destacó en sobresalientes pero tampoco fue el torpe o último de la escuela.

Durante la juventud tuvo los problemas normales de esta difícil etapa de la vida, en la que la inquietud aflora por todos los poros del cuerpo y sensibiliza la mente extremadamente, aunque por los mismos poros le salió el sudor de lo mucho que tuvo que trabajar, pues tras de él, aparte de un hermano que había muerto al poco tiempo de ver la luz, habían nacido siete más. Él se salvó de aquellas enfermedades, con nombres que hoy nos parecen muy curiosos y hasta graciosos, pero que eran realmente terribles con muchísima mortandad en edades prematuras de bebes o niños.

Pero el trabajo tampoco fue óbice para disfrutar de aquellas esperadas fiestas del pueblo, en las que imperaba lo religioso aunque no faltaba lo profano, eso si con el recato impuesto por la sociedad de entonces. También estuvo en las fiestas de pueblos cercanos, a los que iban en cuadrilla, andando por ahorrarse unas “perras” que costaba el tren, o a donde no existía este medio de locomoción porque eran muy pocos los que disponían de bicicleta; y tanto es así que cuantas veces tuvo que hacer camino a la luz de las estrellas, dado que en uno de estos pueblos encontró a la mujer que más adelante convertiría en su esposa, y de las “para toda la vida”.

Tras un tiempo de noviazgo un tanto largo y conocerse las familias que dieron el consentimiento, llegó el día esperado de la boda, a la que fueron invitados muchos familiares, amigos y hasta unos parientes que vinieron, con una burra y un mulo, haciendo varias jornadas desde el pueblo de Cayaría. El día amaneció luminoso e hizo calor sin ser sofocante; la ceremonia religiosa muy vistosa y con gran predicación, exhortándoles -entre otras cosas- a que recibieran con agrado todos los hijos que Dios les mandara y los educaran en la fe cristiana; la comida -al aire libre- fue del agrado de todos, quienes tuvieron la oportunidad de comer aquellos cachos de capón de pollo criado en corral que solamente se veían en la mesa de los señores y que fueron cebados durante meses para la ocasión; y hasta hubo baile improvisado con guitarra, laúd y acordeón. Lo que si no recuerdo mal, por lo que me contaron, no tuvieron viaje de novios, ya que al día siguiente tuvo que ir a labrar un campo que, según decían, tenía tempero y o podía esperar para la posterior siembra.

A partir de entonces, de su vida de casado poco que resaltar, a no ser que tuvo sus altibajos como cualquier otro matrimonio, que a sus cinco hijos -como le había dicho el cura- procuró educarlos en la fe cristiana y de la mejor manera, indicándoles que la envidia no era una buena compañera ni consejera, que trabajaran y fueran unas personas buenas, aunque en su fuero interno también deseaba que se hicieran notar y destacaran en algo grande, y que salieran de la masa en la que el había estado inmerso toda su vida.

También le tocó vivir problemas de familia, de escuela, de herencias. A veces callarse, ante algunos que creían estar en poder de la razón por su status o por la fuerza, y otras veces hablar porque no perjudicaran a un semejante. Y, como no, de economía, que sin ser muy importantes los fue solucionado desde su temple de conformado.

Llegada su vejez, estuvo unos días postrado en cama y prácticamente sin quejarse dejó la vida, pues más gritaron los perros aquel día pero no por falta de comida, como aquellos cuando nació, sino porque instintivamente debieron notar que quien les había cuidado, ya no lo haría más. En ese momento se habló de sus rasgos, de su carácter, de lo buena persona que fue y de todas esas cosas que suelen comentarse al efecto, en esto no hemos cambiado. El funeral no fue de primera pero tampoco de tercera, y enterrado en el panteón familiar ni siquiera quedó grabado su nombre, dado que solamente figuraba familia de tal y cual, o sea que pasando el tiempo serían cada vez menos las personas que se acordaran de él.

De este hombre que solamente, al nacer, casarse o morir, tuvo cierta notoriedad a nivel tan reducido como familiar o local, tampoco yo me acuerdo de su nombre, pero que más da si igual podría haber escrito sobre una mujer. Lo importante es que estos hombres o mujeres desconocidos, no han pasado por esta vida sin hacer nada como se piensa, sino que han desarrollado su labor en mayor o menor grado, que nadie les ha hecho una estatua sin embargo han ayudado a que otros estuvieran en lo más alto. En definitiva, vaya desde aqui -para ellos- mi mayor consideración, recuerdo y homenaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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