EL MONSTRUO DE “PEÑAS”

Por José Martínez Gumiel.

Publicado en la revista

"Enebro" nº:22,de abril de 1999.

Allí, sí allí, en los confines de la tierra; donde el hombre no ha dejado aún marcada su huella, raramente, porque no deja piedra sobre piedra o mata no pisoteada, se amontonaban más que apretujados esos monstruos imaginarios, grandiosos, enormes, de aspecto yo que sé, unos buenos otros traviesos y otros un tanto perversos.

El de mi relato se hallaba ante la tesitura de seguir topándose con sus congéneres sin espacio para desarrollar su actividad o mejor dicho para entretenerse haciendo travesuras, eso si no malintencionadas, o alejarse a otros lugares que, aunque habitados por gentes, él sería sólo en su especie.

Tras largas meditaciones pues lo suyo no era problema de tiempo sino de espacio, y conversaciones - en su forma o manera- con los suyos, quienes intentaron persuadirle de su idea de marcha, ésta fue cogiendo - cada día, año o siglo- más fuerza y creyó llegado el momento de su partida, dejando más espacio a los suyos, lo cual no les solucionaba muchos pero él consiguió propósito,

Su busca de lugar fue lenta y sin prisas, ya decía que su problema no era el tiempo como para los humanos, sino el espacio. Quiso escudriñar rincones, ver a las gentes que los habitaban y, por qué no, hacer alguna de sus travesuras, las que fue prodigando por donde pasabas: Tierras altas y bajas, grandes cordilleras, cráteres en silencio pero tenebrosos y otros ruidosos, chispeantes e impresionantemente pavorosos, montañas eternamente nevadas, desiertos, costas y mares, y extensas mesetas que a la vista se nubla el horizonte, pero curiosamente vino a asentarse en una montaña de la cordillera Ibérica llamada "Peñas”, en el término de Sabiñán y mojón de otros pueblos.

Esta montaña diferente a las de su entorno, con riscos ferrosos, escarpados y peligrosos, de escasa vegetación grande, aunque con muchas matas y arbustos pequeños característicos de esta zona de la Ibérica, nido de aves rapaces majestuosas, y con un hilillo lloroso que brota de sus entrañas,... a la que yo he visto o querido ver como mágica (al igual que ese gran monte que desde ella se divisa y que es el Moncayo, del que tantas leyendas se han contado, posiblemente de parientes de nuestro monstruo), fue donde se afincó infiltró e hizo suyo todo el territorio de la montaña y circundantes, por los que desplazarse lento o veloz, pero sobre todo libremente.

Como relatar las "travesuras" que hizo antes de llegar a nuestra montaña sería salirse de nuestro entorno, prefiero contar algunas - ha habido más- de las que aquí realizo y de las que seguramente no tenéis noticia.

En aquella guerra grande en tiempo y muertes, al joven de un pueblo no muy lejano, tachado de inclinación hacia un lado, no le dieron opción a explicar su imposibilidad de beber en fuentes ideológicas de uno u otro sentido. Si acaso, su única inclinación era física por el defecto de tener una pierna un poco más corta, sino por el contrario no le quedó más remedio que huir en la oscuridad de recovecos y de la noche, yendo a parar a "Peñas”.

Durante días pasó hambre, frío y soledad, escondido entre riscos y cuevas. Salía a veces, arriesgando ser visto, para buscar frutos o hierbas con qué alimentar su mermado cuerpo. En una de ellas tuvo la suerte, no sé si por influencia de la Divina Providencia pero sí por la providencial Divina, que así se llamaba la muchacha que iba a pastar un pequeño cordero y una cabra, de encontrar a esta buena persona que volvió a la montaña en más ocasiones de las acostumbradas, aunque secreta y sigilosamente, llevándole algunas ropas y escasos alimentos que tampoco abundaban en su casa.

Parecía impensable se acordaran de una simple persona pero la envidia (madre de tantos defectos) crió tal maldad en las gentes e inculcó pensamientos en otras que fue buscado por barrancos, laderas y cuevas de montaña. El rastreo llegó hasta "Peñas" una tarde que parecía clara, pero repentina e inexplicablemente una niebla densa con rocío cubrió la montaña en el momento que pasaron a su lado, en una oquedad rozándole las abarcas y hasta casi sintiendo su aliento. Quizá cegadas de su mal no lo vieron y, sin dudas por este cambio climático, lo que hizo suspender la búsqueda. Al rato, lo que algunos pensaron eran ráfagas del viento, nuestro monstruo reía con ironía y satisfacción, mientras que el joven se recuperaba del intenso temor que había pasado. Ya nunca se supo más de aquel chaval ni tan siquiera por boca de Divina.

Era uno de tantos días que el zagal iba a apacentar su rebaño a "Peñas”, entre los que había pasado calor, frío, lluvias, solaz y soledad, y cómo no también incertidumbre por si aparecían lobos hambrientos, aunque siempre había demostrado valentía.

No entendía lo que estaba pasando, pues momentos antes nadie -humano- hubiera presagiado lo que se avecinaba; una neblina fina y transparente pasaba y volvía a pasar, como si chocara con un muro, a través de él su rebaño, inquietando a las ovejas que en desconcierto coro balaban lastimeramente. No sé lo que pudo pasar por su mente, pero su cuerpo lo invadió un sudor frío como no había sentido jamás. Y aunque seguí sin comprender que era aquello, que no era otra cosa sino un aviso de nuestro monstruo, con un grito agudo a sus perros a la vez que lanzaba una piedra al sobaquillo hacia una oveja que estaba más apartada, el rebaño quedó agrupado con increíble rapidez y lo encaminó a las cercanías del pueblo para acorralarlo; no sin antes - cuando llegó al "Portijuelo"- volver la vista atrás, sin quedar como estatua de sal pero poco menos, para ver la espantosa tormenta de relámpagos y estruendosos truenos con gran tromba de agua, que se centraba en "Peñas”. Y, sin embargo, a la vertiente del pueblo no caía ni una simple gota.

Al volver, días después, pudo ver olivos partidos por el rayo, riscos pulcramente lavados como si hubiera querido sacarles brillo, viejos barrancos eran ahora más anchos y profundos y se habían producido otros nuevos, el manantial lloraba con más fuerza y el riachuelo -a los pies de la montaña era casi imposible de cruzar.

Entonces se acordó de aquella neblina y del temor que había sentido, pensando lo que hubiera sido de su rebaño en esas circunstancias, claro que nunca supo del aviso que le hizo nuestro monstruo.

No podían creer que les estaba ocurriendo a esos dos vecinos de nuestro pueblo. Aquella incipiente noche de invierno ya muy oscura, en que volviendo de viaje en su coche y en la bajada de El Frasno en dirección a su casa muy cerca de "Peñas", una luz extraordinariamente deslumbrante, como posada encima a unos pocos cientos de metros, seguía la velocidad del vehículo, quedándose atónitos ante tal fenómeno o lo que les pareció una nave circular extraterrestre (0.V.N.I.); esto de lo que tantas veces habían hablado con otras personas y no creían, lo tenían encima y tras un tiempo indeterminado, quizás segundos o minutos, con la velocidad del rayo desapareció hacia la mágica montaña.

El comentario que hicieron al llegar al pueblo, fue muy cauteloso y con personas de la mayor confianza, no fueran a pensar de ellos que habían sufrido un trastorno mental momentáneo u otras cosas peores.

Lo cierto es que en esta ocasión no fue nuestro monstruo, aunque él sabrá si en la montaña repostaron algún mineral o él les ayudó a seguir viaje.

Y ya es cuestión de dejaros en paz de tanta historia o leyenda, por qué quien conoce el límite de una y otra. Eso sí no echéis la culpa, de no haber oído esto antes, a aquellas abuelas que contaban sus historias al calor del hogar, en todo caso y sino tampoco, a las no muy lejanas del calor de estufa o calefacción y televidentes, pero poco relevantes.

 

Vista de Peñas al anochecer

 

 

 

 

 

 

 

Vista de Peñas al anochecer desde el torreón

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista de las rocas de Peñas desde la cima

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista de la Vicora desde la cima de Peñas

 

 

 

 

 

 

 

 

Peñas desde Santa Bárbara

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