Feliz viaje
Por Pino

Estuvimos hablando un buen rato y fui conociendo detalles del recién llegado. Vengo siempre que puedo, afirmó: me gusta el mar. Quedamos en vernos al día siguiente y así empezó nuestra amistad. Concluidas las vacaciones, alguna carta esporádica mantenía vivos mis recuerdos sobre Ricardo. Ahora, camino de la cita, las dudas parecen asaltarme. En el fondo no estoy segura de mis sentimientos. Entonces le di mi palabra y no quiero ser descortés.

No eran las únicas dudas que me asaltaban y me preguntaba con insistencia si aquello no era un fantástico proyecto con un final incierto. Se acercaban las doce y eso me intranquilizaba más. Cada vez que a través del cristal divisaba unas luces me erguía inquieta. Siempre indicaban la proximidad de algún pueblo lo que suponía cruzar por alguna estación en la que cambios de agujas, semáforos y teléfonos, podían dejar de funcionar.

La presencia de mi compañera de asiento me daba sensación de seguridad, al menos no advertí en él ningún signo que delatara nerviosismo. Unas miradas furtivas para observarlo me lo confirmaron. Demasiado tranquilo, casi inmóvil, a veces buscaba la postura más cómoda, pero seguía leyendo incasable el mismo libro que vi en su asiento cuando subí al tren en Zaragoza. Una sonrisa o una mueca de satisfacción eran los únicos signos que delataban su presencia.

Cerré los ojos de nuevo e intenté dormir. Un leve ruido en el asiento de mi vecino me alertó. Se levantó y dio por concluida la lectura, guardó el libro en un pequeño bolso de mano y con una sonrisa me pidió, por favor, que le dejara salir. Levantándome le cedí el paso, ¡muchas gracias, me dijo! mientras se alejaba hacia una de las puertas que comunicaba con el vagón restaurante.

Sin pretenderlo volví a mirar el reloj ¡faltaban cuatro minutos para las doce!. De forma silenciosa y manteniendo la misma actitud caballerosa, vi que volvía de nuevo. Llegó a la altura de nuestros asientos y esta vez, sin necesidad de pedírmelo, me aparté para que entrara. Ya en su lugar, abatió la mesita auxiliar y puso dos copas sobre la misma. De una bolsita de celofán transparente, extrajo doce uvas que puso en una servilleta de papel, a modo de bandeja. Seguidamente hizo lo propio con otras tantas. Luego, con destreza, empezó a descorchar una botella de cava. Perpleja no me atrevía a articular palabra. No me hubiera salido. Llenó las copas y me ofreció una que acepté de buen grado. Con un dedo señaló las uvas que estaban sobre la mesa y me animó a tomarlas con él. No me negué. Alzó su copa y mientras sonreía me invitó a hacer lo mismo ¡son las doce, comentó! ¡y brindamos!. ¡Por el nuevo año! ¡por el 2000!, solté con timidez. Si, por eso, y ¡feliz viaje! contestó. Fue entonces cuando me dijo: me llamo Alberto, trabajo en una editorial y viajo a París por motivos profesionales. Próximamente, se inaugura una feria del libro, en la que se dan a conocer las últimas novedades. Tengo que estar allí.

Encantada. Soy Ana, contesté confundida. Yo también voy a París, pero por motivos personales. Tengo vacaciones y quería conocer una de las ciudades más bonitas del mundo. Mentí.
Me sentía bien. Pasaban unos minutos de las doce y el maléfico efecto 2000, que algunos agoreros pronosticaban, no se estaba produciendo. Todo funcionaba a la perfección. Faltaban horas para llegar, pero no me importó. Todos mis temores se habían disipado e imaginé París como uno de esos lugares de ensueño, casi irreales, a fuerza de belleza y fascinación.

¡Empezábamos a conocernos!. ¡Nada podía ocurrir!.

Amanecía, cuando a lo lejos empezamos a ver los primeros signos de vida de la gran urbe. Casas aisladas, coches con luces parpadeantes llenas de misterio y de sueños y una sabia combinación de asfalto y naturaleza, pequeñas plazas arboladas y fábricas, que inactivas, no despedían humo por sus chimeneas. Era uno de los completos espectáculos que yo había visto. Estábamos llegando.

La gente, en el vagón, nerviosa parecía tener prisa. Buscaban sus equipajes y empezaban a ponerse los abrigos. Fuera debía hacer frío. Un frío intenso. Nevaba copiosamente. Nos levantamos y mirándonos a los ojos comprendimos que se acababa nuestro viaje. El tren se había detenido. ¡Estábamos en París!.

Salimos juntos hasta el andén y con un fuerte apretón de manos nos dijimos adiós. Fue una despedida breve y sencilla, rápida. No quieres que suceda.

Había mucha gente. Demasiada para ser tan temprano. No vi a Ricardo. Acostumbrada a una estación de provincias, ésta, me parecía inmensa. No resultaba fácil moverse entre la multitud. Decidí esperar. Ricardo no estaba. Aquello empezaba a despejarse ¿me vería mejor?. No, no aparecía. El miedo empezó a acompañarme. ¡Estaba sola!, me temblaban las piernas y no sabía que hacer. Tiritando, más por la situación que por el frío, tenía que tomar una decisión. Analicé el momento y decidí que lo mejor era volver. ¡Cogeré el primer tren que salga para España!.

De repente, alguien a mi lado, con una sonrisa cariñosa, me preguntó si necesitaba ayuda. Alberto, era Alberto. ¡Siempre se lo agradeceré!.

Nos fundimos en un abrazo y juntos, cogidos de la mano, nos perdimos por las calles de París.

¡Seguía nevando con fuerza!.

Revista
Enebro nº 30,
de mayo de 2001.

 

 

Vista del tren desde la Aldehuela

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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