LA CRUZ

Por José Nonay en conversación con Tomás Asensio Lázaro.

 

Publicado en la Revista Enebro nº30, de mayo de 2001.

Con el fin de recordar mis raíces y los amigos que tuve en mi niñez, a los que siempre añoraré con cariño, pase lo que pase, y pese a quien pese, y que son Jaime Nonay Gumiel, José Campillo Val, Manuel Val Olvés, Tomás Villalba Asensio, Marcelino Tobajas Aznar, y José Luis Olvés Sanjuán.
La Cruz de mis tiempo jóvenes era muy distinta a la actual ya que se basaba en ir con un carro adornado con ramas de chopo y conducido por dos caballerías, lo que daba a la romería un bonito sabor.
Nos pasábamos un mes antes pensando en la merienda que íbamos a preparar. Se hacía “a escote”y disfrutábamos reuniendonos todos los días.
El mayor interés era ver quien llevaba el mejor vino que al final lo juntábamos en la cruz, el que llegaba, ya que por el camino tanto nosotros como otros amigos veíamos como disminuía y había veces que al llegar quedaba muy poco.
El que más se enfadaba y al que todos gastábamos bromas diciendo que llevaba el peor vino era Marcelino Tobajas, que en justicia acababa siendo el mejor.
La preparación de la comida consistía en tomar el acuerdo de lo que comeríamos primero, porque el segundo era siempre el inmejorable ternasco de Sabiñán que generalmente comprábamos en la carnicería de Victorio Franco. Después el postre era generalmente la famosa “culeca” que todos llevábamos, y con los huevos duros hacíamos una ensalada con vinagre y aceite. De entremés, hasta que llegaba el fuerte de la comida, nuestras madres nos preparaban un menú a base de longaniza, chorizo y lomo en adobo, sin faltar el jamón que todos hacíamos en casa.
¡Qué interesante sería revivir estos momentos tan entrañables en unos tiempos tan difíciles de los años cuarenta ya que la camaradería entre todos era muy grande!
También recuerdo que el día anterior a la cruz los quintos colocaban un mayo tratando de mejorar a los anteriores. Todos los chicos íbamos detrás pendientes de este acto, para nosotros de verdadera admiración. Recuerdo que un año (no se que quintos serían) bajaron el mayo por el río desde el azud hasta la señoría, donde colocaron uno y el otro en la plaza, que por cierto, por lo alto que era, jamás se vió otro igual. En la punta del mayo se colocaba una bandera de España que después se enterraba al quitar el mayo en el pozo que había sido colocado, dandole una ceremonia que se repetía todos los años.
Sería injusto en este momento no recordar aquellas rondas que se hacían de casa en casa, dirigidas por los quintos recogiendo lo que buenamente aportaba cada vecino. Pero lo que más recuerdo es a mi tío José María Nonay Nonay, que en unión del “tió Pele” y de Santiago Barbero que tocaban el triángulo y se hacía baile en la posada de la calle Laureles.
También hubo años que la ronda la realzaba Matías Maluenda cantando juntos jotas inigualables de Sabiñán. Hay un hecho que se repetía todos los años. Julián, que vivía en el Palacio de Argillo con las hermanas Vincueria Cormán de las que era pariente, era costrumbre que al adorar en la ermita daban una “bolica” de cera de color butano a cada uno que adoraba la Satísima Veracruz. Julián decía que al que llevara todo el año la cera pegada en los botones de la chaqueta no le picaría ningún bicho muerto.
A la vuelta de la cruz por la añorada “Cruceta” y que había que recuperar la costumbre tan bonita, oíamos el bandear de las campanas de la parroquia, y a todos los que nacimos en este pueblo laborioso de Sabiñán el corazón se nos encogía, porque sabíamos que para los niños se nos terminaba la fiesta.
También añoro que la santera de la familia de Elías Saló que vivían en la casa de la ermita daban un señorío a la fiesta de la Cruz, porque se ocupaban de algo que ya no se estila. Había un costumbre que consistía en que cuando alguien se rompía un brazo o una pierna llevaban una reproducción del miembro roto y se guardaba para siempre alrededor del altar mayor como dando gracias por haberse curado.
Igualmente recuerdo al “Tió Royo” (abuelo de los hermanos Villalba Cabello) que iba en un burrico y acompañaba hasta Sabiñán a la procesión cuando regresaba de la cruz y al terminar se volvía al “Cubo” en el burrico con el deber cumplido.
Ya seguiré contando en otros nuevos Enebros cosas de mi niñez. Aunque vivo en Morés, recuerdo con gran cariño a Sabiñán, tanto es así que desde mi habitación veo todos los días al levantarme a San Roque al que mando un saludo, y al que siempre tengo presente en mis oraciones.

Una abrazo para todos los que estamos bautizados en Sabiñán y que hemos nacido en esa bendita tierra.

Prosesión llegando a la ermita de San Roque. Foto: Tomás Asensio

 

 

Procesión en la ermita de San Roque en 1968. Foto de Tomás Asensio Lázaro

 

 

Procesión llegando a la ermita en el año 1962. Foto: Tomás Asensio

 

Amigos de José Nonay en la romería.
Fotos: José Nonay

 


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